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sábado, 10 de octubre de 2015

Seremos como el Che

El 9 de octubre de 1967, un día después de ser capturado, el Che fue asesinado en el poblado boliviano de La Higuera. Una desgarradora sensación se hizo carne en trabajadores, campesinos, estudiantes, intelectuales y dirigentes políticos del mundo entero.
A partir de entonces, ese hombre que había caído emboscado por el ejército boliviano asesorado por la CIA y las fuerzas armadas norteamericanas, se transformó en un símbolo de consecuencia política y dignidad humana para millones de personas.
Las generaciones de revolucionarios contemporáneas a su caída en combate vieron en el Che a un hermano mayor, a un ejemplo sin igual. Un hermano, como sostuvo Cortazar, del cual había que tomar su voz.
De esta manera, se podía discutir métodos de lucha, caracterizaciones políticas, simbología partidaria y hasta cómo podría ser el porvenir socialista, pero el Che se transformaba en una guía moral, en un quiebre entre lo posible y lo que se debía construir.
Como ya advertía Lenin en El Estado y la revolución: “En vida de los grandes revolucionarios, las clases opresoras les someten a constantes persecuciones, acogen su doctrina con la rabia más salvaje, con el odio más furioso, con la campaña más desenfrenada de mentiras y calumnias. Después de su muerte se intenta convertirlos en iconos inofensivos canonizados (…) castrando el contenido de su doctrina revolucionara, mellando el filo revolucionario de ésta, envileciéndola”.
Seguramente no haya expresión más significativa de estas palabras que la gran mayoría de las remeras, souvenirs, banderas y hasta bebidas alcohólicas que se comercializan con la cara de Guevara.
Nuestra tarea es entonces llevar adelante esa labor revolucionaria, rescatarla de la tradición del conformismo -como decía el filósofo Walter Benjamin-. Buscar así volver al Che para arrancarlo de la imagen publicitaria y ponerlo en cada movilización, en cada actividad militante en algún barrio, lugar de trabajo, escuela o universidad.
Un hombre que le habla a la juventud
La revolución cubana convocó a no confiar “ni un tantito así” en el imperialismo. Y, para el Che la salida política que expresó la revolución demostraba que las clases dominantes locales no estaban dispuestas a llevar adelante ninguna transformación de fondo. Por lo tanto, el dilema fue desde entonces “revolución socialista o caricatura de revolución”.
La revolución cubana fue también un grito de la juventud de Nuestra América que forjó en la práctica a un hombre que se convirtió en un referente de la juventud del mundo entero.
La misma revolución demostró que hombres y mujeres que no superaban los 30 o 35 años podían conformar la vanguardia de un proceso revolucionario triunfante y luego hacerse cargo de las tareas dirigenciales del país. Fue un proceso que retomó el espíritu juvenil y hereje que impregnaban el legado de José Martí, José Ingenieros, Deodoro Roca, José Carlos Mariátegui y Julio Antonio Mella, entre otros.
El Che se transformó entonces en una de las figuras más radicales de esa revolución que reconocía el liderazgo de Fidel Castro. Guevara se presentaba ante los jóvenes en las universidades, en el trabajo voluntario y en los espacios de militancia. Allí se cansó de sostener que no se trataba de construir calcos ni copias, que la tarea de la juventud consistía terminar con los moldes establecidos, en construir nuevas organizaciones para defender e impulsar la revolución. También sostenía que no se trataba de quedarse con los ya viejos estallidos de rebeldía de la Reforma Universitaria, sino que había que construir una universidad de acuerdo con las condiciones históricas y sociales que estaba creando ese proceso político.
De la misma forma pensó cómo deberían funcionar las finanzas, los bancos, las fábricas, y muchos otros ámbitos de la vida social que debían ser revolucionados.
Una virtud de Guevara -muchas veces olvidada- era la forma en que llevó adelante su práctica cotidiana y militante. Sin dejar de lado la pasión y la energía, el Che se cansó de explicar que no se puede pretender ningún cambio social desde el sectarismo, desde la pedantería incapaz de autocrítica. No se puede, de esta forma, buscar una revolución, cuyo actor principal son las masas populares, si no se respetan sus sentimientos o no se busca aprender más que lo que se pretende enseñar.
Esta actitud inspiró, entre otros, al mismo Paulo Freire al formular su pedagogía del oprimido.
El socialismo en el siglo XXI
De los tantos aportes del Che uno de los más importantes, para las tareas actuales que tenemos los y las que pretendemos continuar las sendas inconclusas que dejó su vida, es su concepción del socialismo.
El socialismo y hombre en Cuba, texto escrito por el Che en 1965, es una expresión de las transformaciones sociales y de las discusiones que se daban en la isla por aquellos años, de sus críticas al socialismo real y de sus lecturas filosóficas. Allí se plantea que el socialismo no puede ser sólo una nueva forma de producción o una nueva forma de distribución del excedente producido. El socialismo, según Guevara, no sólo debe producir y distribuir de manera antagónica a como lo hace el capitalismo, sino que encuentra como principal necesidad la construcción del “hombre nuevo”.
Se trata así de concebir un cambio radical de la actividad de los hombres y mujeres de cara al trabajo, a la educación, al arte y al conjunto de de la vida social. Consiste en romper con la homogeneidad que pretende establecer el capital (y que continuaba realizando el “socialismo real”) sobre los individuos para dar lugar a sus creatividades y a sus capacidades de auto-liberarse haciéndose cargo de sus propios problemas.
De esta manera, el foco de atención en la construcción del socialismo estaba puesta -para el Che- en la disrupción de una nueva subjetividad que se expresara en el trabajo voluntario, en la emulación y el ejemplo cotidianos, en los campos de combate y en la educación popular. Así se construiría “el hombre del siglo XXI”.
“Seremos como el Che” fue el mandato que pronunció por primera vez Fidel Castro en un emotivo discurso al informar al pueblo cubano la muerte de Guevara en Bolivia. Así expresaba su deseo de cómo quisiera que fueran todos los revolucionarios. Así lo repiten aún millones de cubanos.
Así se repite también entre todos los que luchamos por la segunda y definitiva independencia de Nuestra América y por la construcción del socialismo en el siglo XXI.

Un articulo de Lucas Villasenin

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