Fiesta del PCE 2010

En la carpa de Cuba con la bandera de la Revolución

Ruta de Aigualluts cerca de Benasque

En la pradera después de Aigualluts, a los pies del Aneto.

Impresionante cascada de Aigulluts

La espectacularidad de esta cascada es para no olvidarse de ella.

Las Gradas de Soaso

Un espectaculo en los Pirineos Aragones

Cascadas de la Larri en, la espectacularidad alubrada a nuestros ojos

Un valle Glaciar eún vivo en los Pirineos Aragones

A los pies del las agujas del Pico Perramo, con su ibón

Otro rincón sin desperdicio pero muy duro de alcanzar

La Alhambra de Granada

La Alhambra desplegando toda su majestuosidad por la noche

La Alhambra de Granada

El patio de los Leones después de su restauración

Caracassonne

Ciudad Patrimonio de la Humanidad al sur de Francia

Mont Saint Michel

En la Normandia francesa se encuentra emplazada esta abadía espectacular

Castillo de Chambord

En el Valle del Loira, merece la pena ver este chateau

La Cueva de Zugarramurdi

En el norte de Navarra, se encuentra este lugar misterioso

En el alto del Mugrón

Una jornada de reivindicación con la Plataforma contra el ATC de Zarra.

Vista Labor de Torregrande

Edificio centenario con planta defensiva acastillada en Almansa.

Fiesta PCE 2012

Cayo Lara apoyo la reivindicación de la Coordinadora en Defensa del Hospital de Almansa para su no privatización.

Marchas de la Dignidad

En pleno tramo de Chinchilla a Albacete de camino a Madrid con las Marchas 22-M.

Fiesta PCE 2014

Un rato distraido con Cayo Lara en los puestos de la Fiesta del PCE.

Fiesta PCE 2014

Gines Fernandez el Director de Mundo Obrero, mítico periódico del PCE.

Marchas de la Dignidad Almansa

Movilización contra los recortes sociales y libertades colectivas, reclamando Pan, Techo, Trabajo y Dignidad 21.03.2015.

VIDEOS MARXISTAS, MATERIALISMO HISTORICO, DIALECTICA, SOCIALISMO CIENTÍFICO. FILOSOFÍA MARXISTA
PACIFISMO BURGUÉS Y PACIFISMO REVOLUCIONARIO
MARX: DIALÉCTICA, HISTORIA Y COLONIALISMOS
HISTORIA DEL MARXISMO:CLASE 1-INTRODUCCIÓN
Mostrando entradas con la etiqueta Cuba. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Cuba. Mostrar todas las entradas

jueves, 26 de julio de 2018

26 de Julio de 1953 – 19 de Julio de 1979. Asalto al Moncada, Revolución nicaragüense

Más que las diferencias es fundamental apuntar los puntos de partida y el carácter de la Revolución Cubana y de la Revolución Sandinista. El 26 de Julio de 1953 los revolucionarios realizan una acción militar que fracasa, podríamos decir que en un principio, pero que daría lugar a la eclosión del Movimiento 26 de Julio, vanguardia del triunfo sobre el régimen filial del imperio representado por el dictador Batista.

Fidel, Raúl y Abel Santamaria dirigieron cada uno un grupo de asalto, el primero al cuartel Moncada, el segundo al Palacio de Justicia, y el tercero al Hospital Civil. Santiago de Cuba era el epicentro del terremoto. Ustedes saben del fracaso de aquella acción, de los muertos, heridos y prisioneros. Tras la salida de la cárcel de Fidel, el 12 de Junio de 1955 se creó clandestinamente el Movimiento 26 de Julio, que levantaría la bandera del triunfo sin paliativos el 1 de Enero de 1959.

La acción definitiva empezó al embarcarse 82 guerrilleros en el Granma el 2 de Diciembre de 1956, al frente de ellos iba Fidel Castro, y a los pocos que llegaron a la isla les quedaban 2 largos años de lucha junto al pueblo cubano sumado contra la dictadura.

El 19 de Julio de 1979 triunfaba el Frente Sandinista en Nicaragua. Transcurridos poco más de 20 años una nueva Revolución social triunfaba en Centro América. En éstas horas aciagas en Nicaragua, para Cuba difíciles en otra medida, traigo el recuerdo de un libro que va a las fuentes de una y otra Revolución. Me interesa mencionarlo por lo que creo fundamental, no por lo pasajero: un gran escritor comprometido nos cuenta lo que vio en ese pequeño país al poco del triunfo de los continuadores de Sandino, era Julio Cortázar, su libro es “Nicaragua tan violentamente dulce”.

Julio Cortázar narra su llegada al país, su encuentro con intelectuales entonces del lado de la Revolución, hoy, tristemente algunos del otro lado, su contacto con la población, diversos actos culturales a los que asistió, su visión de la Nicaragua del momento, que había puesto en marcha con los escasos medios de que disponía, la transformación social, la solidaridad internacional que se venía desarrollando, y su análisis de la situación política interna y la guerra desatada internamente por la reacción con la guía y el apoyo de todo tipo del imperio estadounidense, en busca decidida de tumbar la Revolución. Ese intento canalla permanece, desde los ángulos más diversos se dispara contra la Revolución, lo vemos en la prensa donde se miente o se calla, hace tan sólo unos días abrían los noticieros, telediarios y prensa escrita diciendo que el gobierno había bombardeado Masaya, nadie rectificó siendo una falsedad, de la misma manera otras tantas ventosidades, porque la contrarrevolución dispone de todos los medios informativos, empresas del gran capital, enemigo siempre de la equivalencia, de la justicia social, de los derechos a los medios de vida, entiéndase sanidad, cultura, alimentación, vivienda, trabajo, y es la contrarrevolución la que aprovecha fallas, desequilibrios, medidas que dejan lados al descubierto, corruptelas y malas soluciones en el campo Revolucionario, dentro de un objetivo de horizonte siempre mejorable.

En la contratapa del libro hay unos renglones que marcan la postura del gran escritor Julio Cortázar y que hoy tienen plena vigencia: “Nicaragua, a diferencia de Vietnam, no tiene tras de sí dos mil años de guerra en la selva. Su enfrentamiento con el poderío estadounidense tiene algo de inusitado, sorprende como sorprenden las heroicas causas perdida. Y como éstas, reclama irresistiblemente nuestra solidaridad, por encima de todo cálculo e ideología. Desgraciadamente la fuerza del proselitismo anticomunista, encauzado por los ambiguos medios de comunicación masiva, insiste machaconamente en los lugares comunes y penetra con extremada facilidad en nuestras conciencias, que por mucho que velemos terminan por sucumbir a la intoxicación. Nuestro último asidero ha de ser el de trazar una línea clara, que hemos de respetar a rajatabla: ningún país tiene derecho de hacer pesar sobre otro país la amenaza crónica de una invasión. Ni la Unión Soviética sobre Polonia, ni los Estados Unidos sobre Nicaragua. A partir de ello, nuestro deber es el de informarnos.”

Hay un detalle hermoso antes de que comience el libro: “Los derechos de autor de esta obra están íntegramente destinados al pueblo sandinista de Nicaragua.” Y así comenzamos y nos encontramos con la respuesta del escritor a las críticas que le hacían por no sumarse a las denuncias destructivas, y hace saber que su crítica “se abre y se cierra en cada caso concreto sin proyectarse a procesos sociales de una infinita complejidad y que de ninguna manera se quedan invalidados, como se pretende, por errores e injusticias condenables pero circunstanciales, aborrecibles pero superables.”
Refiriéndose a errores toma la idealización de los procesos revolucionarios como un territorio ya conocido, y pone el ejemplo de Cuba, que por momentos se deslizó por ello y supo corregir haciendo la Revolución más genuina: “En Cuba hace rato que las tentativas parciales por imponer el esquema idealista del hombre nuevo han cedido a una visión más abierta que se hace sentir positivamente en todos los planos, desde el intelectual hasta el lúdico y el erótico; nadie sabe en verdad cómo deberá ser el hombre nuevo, pero en cambio los cubanos parecen saber cuál es la cuota de hombre viejo que no se le puede quitar sin mutilarlo irremisiblemente.”

Hablando de la solidaridad muestra su desencanto con los países que tanto hablan de democracia,y que en el caso de Nicaragua dejaron su verdadera señal al descubierto: “La palabra “solidaridad” asoma a veces a los labios de los dirigentes de la Junta, acompañada casi siempre por una sonrisa entre irónica y desencantada. Es tiempo de decirlo bien claro: la solidaridad internacional no se ha lucido hasta ahora en lo que toca a Nicaragua” . Y en semejante punto nos muestra la marca cubana como la diferencia elogiable: “ y pienso al mismo tiempo en el equipo de doscientos médicos cubanos que trabaja en este momento en todo el país (ya aludí antes a un contingente de cien maestros alfabetizadores), Que yo sepa, a Cuba no le sobran médicos, muy al contrario; pero es que la verdadera solidaridad no es una cuestión de surplus sino de hermandad y, como ocurre casi siempre, los países pobres son los mejores hermanos de otros países pobres en dificultades.”

Al poco del triunfo revolucionario Nicaragua entera se ve inmersa en una campaña de alfabetización haciendo del país una escuela en la que quienes saben leer enseñan a los que no han podido aprender, y el ejemplo lo toman de Cuba donde los avances con las fuerzas propias del pueblo habían dado resultados que deslumbraban al mundo por lo que suponía de progreso inmediato y garantía de futuro.

En la importancia de aprovechamiento de recursos por los revolucionarios, recursos siempre escasos, pone un ejemplo que lo conecta con lo que sucedía en aquel momento, 1984, de agresión constante de EEUU, nos dice así: “Hace unos años yo robé una tira cómica mexicana que me incluía con gran desenvoltura como uno de los personajes de las aventuras de Fantomas, una especie de supermán idolatrado por millares de lectores populares, y con ayuda de amigos publiqué un falso equivalente, cuyo verdadero fin era denunciar a las transnacionales y poner en descubierto las más sucias tareas de la CIA en América Latina. La edición se agotó en seguida gracias a Fantomas, por supuesto, que una vez más se metió por la ventana y no por la puerta de sus lectores, pero ahora con una finalidad muy diferente de las que le habían dado tanta fama en México.”

Termina el libro con un capítulo titulado “Diferentes formas de matar”, y el el hace mención de los intentos continuos del régimen estadounidense por hundir a Nicaragua: Rechazo de negociaciones para que termine con su ayuda militar y económica a los mercenarios y contras que asolan Nicaragua . Negativa a los encuentros con la administración Reagan. Denuncia de la entrega pública del Congreso norteamericano a la CIA para destruir el “regimen sandinista”. Denuncian uno de aviones de EEUU, de la CIA, entregados a la contrarrevolución. Declaración de un piloto capturado por los sandinistas sobre la participación en la contra de mercenarios. Esas y otras muchas formas de matar fueron empleadas por el imperio contra Nicaragua.

Julio Cortázar en su libro, más allá de cuestiones que se corresponden con su tiempo, sabía delimitar entre quienes buscan cambiar el mundo para hacerlo más justo y quienes combaten con intención de derrotar todo intento, la línea divisoria entre la transformación social, con errores, sin duda, pero transformación con correcciones a hacer, y el imperio, la estrategia del opresor.

En estos momentos en que Nicaragua se debate en un conflicto con lo más granado de las fuerzas mercenarias, (no es casualidad que el mafioso Marco Rubio, senador imperial, esté pidiendo sanciones e intervención contra Nicaragua, que reciba a los representantes de la contra, que se reúna y les busque dinero) el paso a dar por la solidaridad tiene que tener en cuenta las palabras de Julio Cortázar. Por eso no es casual por mi parte la conexión que hago entre el 26 de Julio de 1953, y el 19 de Julio de 1979: la primera, fecha de arranque de la Revolución Cubana, la segunda, fecha del triunfo de la Revolución Nicaraguense, para seguir corrigiendo y avanzando frente al imperio.

viernes, 2 de diciembre de 2016

Fidel: su legado

La desaparición física de Fidel hace que el corazón y el cerebro pugnen por controlar el caos de sensaciones y de ideas que desata su tránsito hacia la inmortalidad. Recuerdos que se arremolinan y se superponen, entremezclando imágenes, palabras, gestos (¡qué gestualidad la de Fidel, por favor!), entonaciones, ironías, pero sobre todo ideas, muchas ideas. Fue un martiano a carta cabal. Creía firmemente aquello que decía el Apóstol: trincheras de ideas valen más que trincheras de piedras. Sin duda que Fidel era un gran estratega militar, comprobado no sólo en la Sierra Maestra sino en su cuidadosa planificación de la gran batalla de Cuito Cuanevale, librada en Angola entre diciembre de1987 y marzo de 1988, y que precipitó el derrumbe del régimen racista sudafricano y la frustración de los planes de Estados Unidos en África meridional.

Pero además era un consumado político, un hombre con una fenomenal capacidad para leer la coyuntura, tanto interna como internacional, cosa que le permitió convertir a su querida Cuba -a nuestra Cuba en realidad- en una protagonista de primer orden en algunos de los grandes conflictos internacionales que agitaron la segunda mitad del siglo veinte. Ningún otro país de la región logró algo siquiera parecido a lo que consiguiera Fidel. Cuba brindó un apoyo decisivo para la consolidación de la revolución en Argelia, derrotando al colonialismo francés en su último bastión; Cuba estuvo junto a Vietnam desde el primer momento, y su cooperación resultó de ser de enorme valor para ese pueblo sometido al genocidio norteamericano; Cuba estuvo siempre junto a los palestinos y jamás dudó acerca de cuál era el lado correcto en el conflicto árabe-israelí; Cuba fue decisiva, según Nelson Mandela, para redefinir el mapa sociopolítico del sur del continente africano y acabar con el apartheid. Países como Brasil, México, Argentina, con economías, territorios y poblaciones más grandes, jamás lograron ejercer tal gravitación en los asuntos mundiales. Pero Cuba tenía a Fidel …

Martiano y también bolivariano: para Fidel la unidad de América Latina y, más aún, la de los pueblos y naciones del por entonces llamado Tercer Mundo, era esencial. Por eso crea la Tricontinental en Enero de 1966, para apoyar y coordinar las luchas de liberación nacional en África, Asia y América Latina y el Caribe. Sabía, como pocos, que la unidad era imprescindible para contener y derrotar al imperialismo norteamericano. Que en su dispersión nuestros pueblos eran víctimas indefensas del despotismo de Estados Unidos, y que era urgente e imprescindible retomar los iniciativas propuestas por Simón Bolívar en el Congreso Anfictiónico de 1826, ya anticipadas en su célebre Carta de Jamaica de 1815. En línea con esas ideas Fidel fue el gran estratega del proceso de creciente integración supranacional que comienza a germinar en Nuestra América desde finales del siglo pasado, cuando encontró en la figura de Hugo Chávez Frías el mariscal de campo que necesitaba para materializar sus ideas. La colaboración entre estos dos gigantes de Nuestra América abrió las puertas a un inédito proceso de cambios y transformaciones que dio por tierra con el más importante proyecto económico y geopolítico que el imperio había elaborado para el hemisferio: el ALCA.

Estratega militar, político pero también intelectual. Raro caso de un jefe de estado siempre dispuesto a escuchar y a debatir, y que jamás incurrió en la soberbia que tan a menudo obnubila el entendimiento de los líderes. Tuve la inmensa fortuna de asistir a un intenso pero respetuoso intercambio de ideas entre Fidel y Noam Chomsky acerca de la crisis de los misiles de Octubre de 1962 o de la Operación Mangosta, y en ningún momento el anfitrión prestó oídos sordos a lo que decía el visitante norteamericano. Una imagen imborrable es la de Fidel participando en numerosos eventos escenificados en Cuba –sean los encuentros sobre la Globalización organizados por la ANEC; los de la Oficina de Estudios Martianos o la Asamblea de CLACSO en Octubre del 2003- y sentado en la primera fila de la platea, munido de un cuadernito y su lapicera, escuchando durante horas a los conferencistas y tomando cuidadosa nota de sus intervenciones. A veces pedía la palabra y asombraba al auditorio con una síntesis magistral de lo dicho en las cuatro horas previas, o sacando conclusiones sorprendentes que nadie había imaginado. Por eso le decía a su pueblo “no crean, lean”, fiel reflejo del respeto que sentía por la labor intelectual.

Al igual que Chávez, Fidel un hombre cultísimo y un lector insaciable. Su pasión por la información exacta y minuciosa era inagotable. Recuerdo que en una de las reuniones preparatorias de la Asamblea de Clacso del 2003 nos dijo: “recuerden que Dios no existe, pero está en los detalles” y nada, por insignificante que pareciera, debía ser librado al azar. En la Cumbre de la Tierra de Río (1992) advirtió ante el escepticismo o la sonrisa socarrona de sus mediocres colegas (Menem, Fujimori, Bush padre, Felipe González, etcétera) que la humanidad era “una especie en peligro” y que lo que hoy llamamos cambio climático constituía una amenaza mortal. Como un águila que vuela alto y ve lejos advirtió veinte años antes que los demás la gravedad de un problema que hoy está en la boca de cualquiera.


Fidel ha muerto, pero su legado –como el del Che y el de Chávez- vivirá para siempre. Su exhortación a la unidad, a la solidaridad, al internacionalismo antiimperialista; su reivindicación del socialismo, de Martí, su creativa apropiación del marxismo y de la tradición leninista; su advertencia de que la osadía de los pueblos que quieren crear un mundo nuevo inevitablemente será castigada por la derecha con un atroz escarmiento y que para evitar tan fatídico desenlace es imprescindible concretar sin demora las tareas fundamentales de la revolución, todo esto, en suma, constituye un acervo esencial para el futuro de las luchas emancipatorias de nuestros pueblos.

Por Atilio Boron

sábado, 10 de octubre de 2015

Seremos como el Che

El 9 de octubre de 1967, un día después de ser capturado, el Che fue asesinado en el poblado boliviano de La Higuera. Una desgarradora sensación se hizo carne en trabajadores, campesinos, estudiantes, intelectuales y dirigentes políticos del mundo entero.
A partir de entonces, ese hombre que había caído emboscado por el ejército boliviano asesorado por la CIA y las fuerzas armadas norteamericanas, se transformó en un símbolo de consecuencia política y dignidad humana para millones de personas.
Las generaciones de revolucionarios contemporáneas a su caída en combate vieron en el Che a un hermano mayor, a un ejemplo sin igual. Un hermano, como sostuvo Cortazar, del cual había que tomar su voz.
De esta manera, se podía discutir métodos de lucha, caracterizaciones políticas, simbología partidaria y hasta cómo podría ser el porvenir socialista, pero el Che se transformaba en una guía moral, en un quiebre entre lo posible y lo que se debía construir.
Como ya advertía Lenin en El Estado y la revolución: “En vida de los grandes revolucionarios, las clases opresoras les someten a constantes persecuciones, acogen su doctrina con la rabia más salvaje, con el odio más furioso, con la campaña más desenfrenada de mentiras y calumnias. Después de su muerte se intenta convertirlos en iconos inofensivos canonizados (…) castrando el contenido de su doctrina revolucionara, mellando el filo revolucionario de ésta, envileciéndola”.
Seguramente no haya expresión más significativa de estas palabras que la gran mayoría de las remeras, souvenirs, banderas y hasta bebidas alcohólicas que se comercializan con la cara de Guevara.
Nuestra tarea es entonces llevar adelante esa labor revolucionaria, rescatarla de la tradición del conformismo -como decía el filósofo Walter Benjamin-. Buscar así volver al Che para arrancarlo de la imagen publicitaria y ponerlo en cada movilización, en cada actividad militante en algún barrio, lugar de trabajo, escuela o universidad.
Un hombre que le habla a la juventud
La revolución cubana convocó a no confiar “ni un tantito así” en el imperialismo. Y, para el Che la salida política que expresó la revolución demostraba que las clases dominantes locales no estaban dispuestas a llevar adelante ninguna transformación de fondo. Por lo tanto, el dilema fue desde entonces “revolución socialista o caricatura de revolución”.
La revolución cubana fue también un grito de la juventud de Nuestra América que forjó en la práctica a un hombre que se convirtió en un referente de la juventud del mundo entero.
La misma revolución demostró que hombres y mujeres que no superaban los 30 o 35 años podían conformar la vanguardia de un proceso revolucionario triunfante y luego hacerse cargo de las tareas dirigenciales del país. Fue un proceso que retomó el espíritu juvenil y hereje que impregnaban el legado de José Martí, José Ingenieros, Deodoro Roca, José Carlos Mariátegui y Julio Antonio Mella, entre otros.
El Che se transformó entonces en una de las figuras más radicales de esa revolución que reconocía el liderazgo de Fidel Castro. Guevara se presentaba ante los jóvenes en las universidades, en el trabajo voluntario y en los espacios de militancia. Allí se cansó de sostener que no se trataba de construir calcos ni copias, que la tarea de la juventud consistía terminar con los moldes establecidos, en construir nuevas organizaciones para defender e impulsar la revolución. También sostenía que no se trataba de quedarse con los ya viejos estallidos de rebeldía de la Reforma Universitaria, sino que había que construir una universidad de acuerdo con las condiciones históricas y sociales que estaba creando ese proceso político.
De la misma forma pensó cómo deberían funcionar las finanzas, los bancos, las fábricas, y muchos otros ámbitos de la vida social que debían ser revolucionados.
Una virtud de Guevara -muchas veces olvidada- era la forma en que llevó adelante su práctica cotidiana y militante. Sin dejar de lado la pasión y la energía, el Che se cansó de explicar que no se puede pretender ningún cambio social desde el sectarismo, desde la pedantería incapaz de autocrítica. No se puede, de esta forma, buscar una revolución, cuyo actor principal son las masas populares, si no se respetan sus sentimientos o no se busca aprender más que lo que se pretende enseñar.
Esta actitud inspiró, entre otros, al mismo Paulo Freire al formular su pedagogía del oprimido.
El socialismo en el siglo XXI
De los tantos aportes del Che uno de los más importantes, para las tareas actuales que tenemos los y las que pretendemos continuar las sendas inconclusas que dejó su vida, es su concepción del socialismo.
El socialismo y hombre en Cuba, texto escrito por el Che en 1965, es una expresión de las transformaciones sociales y de las discusiones que se daban en la isla por aquellos años, de sus críticas al socialismo real y de sus lecturas filosóficas. Allí se plantea que el socialismo no puede ser sólo una nueva forma de producción o una nueva forma de distribución del excedente producido. El socialismo, según Guevara, no sólo debe producir y distribuir de manera antagónica a como lo hace el capitalismo, sino que encuentra como principal necesidad la construcción del “hombre nuevo”.
Se trata así de concebir un cambio radical de la actividad de los hombres y mujeres de cara al trabajo, a la educación, al arte y al conjunto de de la vida social. Consiste en romper con la homogeneidad que pretende establecer el capital (y que continuaba realizando el “socialismo real”) sobre los individuos para dar lugar a sus creatividades y a sus capacidades de auto-liberarse haciéndose cargo de sus propios problemas.
De esta manera, el foco de atención en la construcción del socialismo estaba puesta -para el Che- en la disrupción de una nueva subjetividad que se expresara en el trabajo voluntario, en la emulación y el ejemplo cotidianos, en los campos de combate y en la educación popular. Así se construiría “el hombre del siglo XXI”.
“Seremos como el Che” fue el mandato que pronunció por primera vez Fidel Castro en un emotivo discurso al informar al pueblo cubano la muerte de Guevara en Bolivia. Así expresaba su deseo de cómo quisiera que fueran todos los revolucionarios. Así lo repiten aún millones de cubanos.
Así se repite también entre todos los que luchamos por la segunda y definitiva independencia de Nuestra América y por la construcción del socialismo en el siglo XXI.

Un articulo de Lucas Villasenin

miércoles, 23 de septiembre de 2015

Antúnez: ¿huelguista, constructor o bañista?

Aunque ahora el estómago no me da para darle sustos, un video sugerido por un amigo me ha llevado a entrar al poco visitado youtube para tratar de responder a la interrogante que titula este post. Ya había visitado el poco serio sitio de Diario de Cuba para buscar detalles de la más reciente historieta de Jorge Luis García Pérez (Antúnez) que como es habitual sigue tratando de hacerse el sueco.
La (des)información dice que “un grupo de activistas liderados por el opositor Jorge Luís García Pérez (Antúnez) iniciaron este miércoles una huelga de hambre junto para denunciar el incremento de la represión y arrestos de opositores antes de la visita papal”.
Está claro que es otra jugarreta más para intentar deslucir la visita del Papa Francisco a Cuba, pero el video me deja algunas pequeñas dudas que ojalá alguien logre aclararlas. Siempre he escuchado que una persona en huelga de hambre se debilita por la disminución en el consumo de alimentos y en consecuencia, en poco tiempo, necesita de mucho descanso. Al menos eso pensaba hasta ver este video del huelguista Antúnez.
El tipo, que supuestamente está en huelga de hambre, tiene fuerzas para construir su vivienda con fondos que sabemos de dónde vienen y hasta para un “baño al aire libre”. Vaya manera de hacer huelga. Las pocas veces que he estado enrolado en construcciones he tenido que comer bastante luego del ejercicio, porque no es nada fácil.
De todos modos la “dietica mediática” no le viene mal a ver si baja las libras que le sobran. A lo mejor olvidó que la obesidad es mala compañía y eso lo sabe hasta el médico chino.

lunes, 27 de julio de 2015

26 de Julio, inicio de una nueva era en América Latina


Se cumple hoy un nuevo aniversario de una fecha extraordinaria. No sería exageración decir que en ese día -cuando en 1953 un grupo de jóvenes cubanos comandados por Fidel atacó los cuarteles Carlos Manuel de Céspedes, de Bayamo, y Moncada, de Santiago de Cuba- nacía una nueva era en la historia de Nuestra América. Se iniciaba la larga marcha hacia la segunda y definitiva independencia de este conjunto de países que, como lo proclamara Simón Bolívar, eran una sola gran nación. Marcha aún inconclusa, pero de avances innegables: la sola supervivencia de la Revolución Cubana desde el 1º de Enero de 1959 es prueba contundente de ello. Pero si no fuera suficiente bastaría con agregar la derrota del ALCA en Mar del Plata, el 5 de Noviembre, es decir, el rechazo al principal proyecto geopolítico de Estados Unidos para el siglo veintiuno relativo al hemisferio occidental.




Quería escribir algo especial para conmemorar el significado de esta fecha, que siempre me impresionó por el heroísmo de estos jóvenes (Fidel estaba por cumplir 27 años; Raúl acababa de cumplir 22, Abel Santamaría iba a cumplir 26 en octubre) y el alegato de Fidel, "La Historia me Absolverá", notable compendio de filosofía política de permanente actualidad. Pero mientras revolvía en mi archivo pude leer el discurso que ayer pronunciara ese enorme intelectual nuestroamericano que es Eusebio Leal Spengler, Historiador de la ciudad de La Habana, presentando el libro de Nikolai S. Leonov, Raúl Castro, un hombre en revolución, y en homenaje a los 500 años de la fundación de la ciudad de Santiago. Fascinado por sus palabras, precisas y emocionantes a la vez, decidí que lo mejor que se podía hacer para honrar la gesta "moncadista" de Fidel, de Raúl, de Abel Santamaría, de Melba Hernández, Haydée Santamaría, Ramiro Valdés, Juan Almeida, Ñico López  y tantos otros jóvenes cubanos que se jugaron la vida por el destino de Cuba y de América Latina, era reproducir el discurso de Eusebio, una verdadera pieza literaria y política de lujo. Aquí está. Disfrútenla.


_______________


Discurso pronunciado por Eusebio Leal Spengler, Historiador de La Habana, en la Sesión Solemne de la Asamblea Municipal del Poder Popular por el aniversario 500 de la fundación de la villa de Santiago de Cuba, en el teatro Heredia, el 25 de julio de 2015, “Año 57 de la Revolución”.




Bueno, este es realmente un encargo difícil.  Cuando se llega a un momento de tensión, que aún puede ser superado, lo mejor es el silencio, y llevarse uno en la memoria y en la retina de los ojos lo que vio o lo que escuchó alguna vez.

Es por eso que en las palabras del Presidente estaban contenidos un conjunto de hechos históricos y relevantes que me dejan sin empleo.

Al mismo tiempo, el merecido homenaje que acaba de ser tributado al Líder Histórico o sencillamente a Fidel, sin requerimiento de más título, y a nuestro General Presidente Raúl, es el momento de más alta tensión en esta mañana.

Recibidos estos títulos excepcionales, acompañados de obras de arte que representan lo más hermoso y fuerte de nuestra naturaleza, tal y como Sindo Garay, el centenario cantor de Santiago y de Cuba, expresó en aquel hermoso duelo en que describe en una de sus más difíciles composiciones musicales, bajo el título de El huracán y la palma, la batalla entre la naturaleza feraz y el tiempo.

Al hablar hoy a petición de la Asamblea, a la cual agradezco sinceramente por este llamado que tanto me honra en lo personal, me siento doblemente comprometido:  primero, porque hace ya muchos años vine por vez primera a Santiago, cuando era un adolescente y aún era pronta y palpable la lágrima derramada y la sangre vertida.

Con emoción me mostraron el Callejón del Muro, los distintos lugares de la historia. El cuartel Moncada conservaba todavía las huellas que, borradas después, fueron, en admirable rectificación de lo que significa el monumento, para poder explicarlo, restauradas minuciosamente.

Visité los antiguos cafetales en la Gran Piedra; pero quizás el lugar de mayor emoción fue el cementerio memorial de Santa Ifigenia. Por eso ayer, en la mañana, mi primera acción, muy temprano, fue ir a aquel camposanto y recorrerlo con unción patriótica, en silencio profundo, descubierta la cabeza y el corazón, para llegar ante las tumbas de los Fundadores.

Un peñón señala el sitio donde Céspedes estuvo una vez en fosa común.  Con sus ojos grandes y abiertos fue mostrado en el hospital de Santiago, cuando bajando por el antiguo camino de San Lorenzo hacia la playa llevaban muerto al Padre de la Patria quien, combatiendo, no escogió el camino que seguramente le habría granjeado la libertad, sino escogió el risco donde no había salida ni escape posible, y de allí, arma en mano y vestido como quien asiste a la boda que él en su diario describe con extraña premonición de su muerte, se desplomó herido del plomo español o de su mano, que no era deshonor porque lo había previsto.  Arrastrado por el suelo, desde lo profundo del barranco, fue llevado por el viejo camino y traído a Santiago, con los ojos grandes y abiertos.  Así lo describe el cronista que a su esposa Ana de Quesada le envía el más veraz testimonio.

Luego recorrí otras tumbas, excepto una:  la del Apóstol José Martí, porque estando celebrándose en aquellos momentos allí una ceremonia me pareció vanidad e indiscreción irrumpir en ella y me conformé por esta vez con imaginar el interior donde están los escudos de las naciones de nuestro continente y donde un rayo de sol, tal y como el escultor Mario Santi diseñó aquella obra, viene a caer sobre el féretro que en forma de estrella está eternamente cubierto con una bandera de Cuba.

Luego, quise ver el monumento de Mariana. Lescay me había mostrado días antes su proyecto y llegué ante la cabeza vigorosa levantada sobre una madera indestructible.

Luego, a la de María Cabrales, la esposa de Antonio, donde aparece ella en el acto de protegerle en el monte, mientras se le persigue y ya casi a punto de caer en la trampa y el acecho pide a los camilleros que la acerquen al caballo ensillado y escapa a la montaña.  Titán, como se solía llamar a los espíritus poderosos en la Grecia antigua, huyó de sus captores y desapareció en el monte.

María, su esposa, le acompañó siempre, formó parte de aquella legión de mujeres que, admitidas en su séquito por la insigne y benemérita doña Mariana Grajales, hicieron juntas la Gran Guerra de 1868, cubriendo a sus hijos en cada momento o a sus esposos, cuando parecía imposible preservar la vida.

“¿Para qué me lo han traído?”, dijo el doctor Félix Figueredo, cuando su compañero y maestro, Máximo Gómez, le trae herido en múltiples ocasiones a un campamento oculto.  Pensad que en ese tiempo ni una transfusión de sangre, quizás un poco de láudano para entontecer al herido adolorido, quizás un poquito de algún licor fuerte; no hay anestesia, no hay asepsia probable en los instrumentos, el riesgo de la muerte es grande.

En él y en el hermoso monumento, obra de Lescay, quizás el más hermoso que lega la Revolución a la historia contemporánea, aparece como le vieron levantando la mano y ordenando avanzar a los suyos con valor y sin tibieza.

Tal fue el recorrido por el camposanto.
No quise tampoco dejar de visitar una tumba amada para Santiago y para todos los que siendo niños o casi adolescentes escuchamos de su dolorosa muerte, la de él y la de su hermano, con espacio de breve tiempo, apenas unos pocos días: Frank y Josué.

Recuerdo que el General Presidente nos invitó a una representación de La Colmenita, en la cual haciéndose el elogio de Frank se habla de que creía en Dios y tocaba el piano:  dos hermosas formas casi sublimes de empatar lo eterno con lo más hermoso de la creación humana.

Del cementerio salí con lo que debía decir esta mañana, no repetir acontecimientos, sino tratar de recorrerlos en el tiempo y responder a un periodista que de manera súbita apareció entre las tumbas y me preguntó:  “¿Qué cree usted de los 500 años?”  Y le respondí: “Pueden ser uno, cinco o quinientos, cuando son inútiles no es más que una arena perdida en el universo; cuando es una obra fecunda, cuando es una vida intensa, cuando es una obra y un gran legado, entonces queda en la memoria de los hombres.” Como afirmó categóricamente Martí, llamado con justicia Apóstol:  “La muerte no es verdad cuando se ha cumplido bien la obra de la vida” (Aplausos).

Quinientos años, donde se acumulan acontecimientos que cambiaron la historia de la humanidad. Podríamos tomar dos: el primero, el recorrido de una nave en torno a la isla de Cuba que reencuentra para Europa y para el resto del continente que vive su propia historia, una historia nueva, es parte inexorable de la historia de la humanidad.

La nave colombina se detuvo en un punto afirmando contra toda ciencia que Cuba era parte de un continente inhóspito. Atrás quedaban las visiones paradisíacas que había tenido cuando recorriendo palmares y sitios de aguas tranquilas y transparentes se detiene ante las aguas de Holguín en un lugar llamado Bariay.

El profesor Guarch, muchos años después encontró la aldea indígena, casi intacta, y en el centro de aquel cementerio un cuerpo ajeno a la indigenitud, un europeo, un predicador, un sacerdote, un conquistador, al centro, enterrado entre ellos.  Quizás si ese cementerio, el del Chorro de Maíta, nos explique con más fuerza el encuentro del cual todos nosotros —como decía el Presidente— somos hijos.  Es la misma visión que tuvo Simón Bolívar, hace casi 200 años, cuando escribe su Carta célebre en Jamaica y dice que somos una especie de pequeño género humano, y es que el Caribe se convirtió en el Mediterráneo americano y se vertieron sobre él distintos pueblos, no solamente aquellos acorazados conquistadores, que primero en las tierras baracoanas y luego en el Bayamo, y otra expedición más tarde avanzando hacia el interior del país, funda y funda las siete ciudades, que son patrimonio nacional de Cuba, y una octava, que recientemente también lo ha conmemorado, San Juan de los Remedios.

Pasada la noche de ayer, pasado el 25 de julio, Día de Santiago y San Cristóbal, solo queda una ciudad por conmemorar su aniversario 500, la capital de Cuba, La Habana. Eso debió ocurrir en el año 2014, cuando fue fundada en un lugar de la ensenada de la Broa, quizás al sur de la actual provincia; pero como ni los arqueólogos han hallado el vestigio de aquel asiento, y como se mudó en una y en otra ocasión, algunos somos culpables de haber reservado el último puesto para ella en el próximo año de 2019.

Pero lo cierto es que los hechos se concatenan y nos traen al presente, y el presente, para que sean ciertos los atributos que Santiago tiene como más preciosos, no solo lo tiene como ciudad, lo tiene como capital que ha sido dos veces de Cuba —luego del triunfo de la Revolución también lo fue—, sino también por lo que ha ocurrido en ella, que es lo importante.

Ayer penetré en mi recorrido en la Catedral Basílica, en la gran Catedral de Santiago, herida también por el ciclón.  Cuando se proclamó la Constitución en el siglo XIX, contra el autoritarismo real, en 1836, Santiago vivió un verdadero levantamiento y quisieron los constitucionalistas arrebatar la lápida de la tumba del conquistador Diego Velázquez de Cuéllar y cincelar en la parte posterior del mármol el título Plaza de la Constitución.  Cuando el absolutismo fue restaurado, la lápida fue rota.  Quiere decir:  no queda huella de su tumba.

Preguntando ayer en la Catedral, nadie supo decirme dónde estaba.  Sus huesos, polvo o ceniza, han quedado confundidos en la base de ese monumento.  Lo cierto, lo verdadero es que muerto dos años después, vio el trazado de la ciudad, según las leyes que estaban establecidas para ello. Y ayer, saliendo de la plaza por una callejuela, entró de pronto de la mar un viento que me recordaba, precisamente, la justeza de esas leyes urbanas con que se trazaba la imagen de lo que se llamó un nuevo mundo.

Por aquellos años, insistentemente, los indios se levantaron, y aquellos aborígenes lucharon por décadas.  Se equivocan los que han afirmado que su rebeldía concluyó con aquella llama prendida en Yara cuando Hatuey, el cacique de la isla próxima, fue encendido por su rebeldía, en vida, delante de los testigos que escucharon sus desafiantes palabras. Desde entonces y hasta hoy, se habla en el campo de Yara de la “Luz de Yara”, y se decía que en tiempos de tribulación o de tormentas sociales o políticas, o en vísperas de grandes acontecimientos, la llama iluminaba la noche como pronóstico y augurio.  De hecho, el levantamiento del 10 de Octubre, vivido en el ingenio La Demajagua, frente al golfo de Guacanayabo, recibirá el nombre de Yara, porque allí fue donde recibió el bautismo de fuego el pueblo cubano, representado en aquel momento por aquel hombre de mármol, como fue llamado, que tuvo el valor de encabezar el movimiento.

Como estas palabras tienen que no ser una enumeración mecánica, ustedes seguirán mi pensamiento.
Cuando volábamos ayer temprano hacia Santiago, era un día claro, excepcionalmente claro, y poco antes de abrirse el cielo, con las puntas aceradas de las montañas de la Sierra, un poco antes, un hilo de plata, trazado y relampagueado por el sol naciente por el oriente, marcaba un límite, era el Jobabo.  El Jobabo era y es la delimitación con el oriente de Cuba, esta era la tierra del oriente. Y en muchas ocasiones escuché aun a Fidel la afirmación de orientales, y es un título hermoso:  ¡Orientales! Y cuando alguien por razones administrativas, y cuando la nación por razones administrativas se vio necesitada de agilizar y modernizar el sistema de gobierno, respondiendo a ciertas preocupaciones, Fidel exclamó categóricamente: “Oriente no se ha dividido, se ha multiplicado” (Aplausos).

Por eso al Moncada vinieron de todas partes de Cuba, ¡de todas partes!: un contingente formado y hermético vino desde Artemisa, la más occidental de todas las provincias; el doctor Mario Muñoz Monroy era de Colón; Abel Santamaría, de Constancia, el ingenio en la provincia de Las Villas.  Y así podría nombrar a los que se reunieron aquella noche en la granja Siboney y abrazaron a aquel muchacho de ojos profundos, de pensamiento lúcido, a cuyo padre Fidel después escribiría una carta memorable, Renato Guitart, que representó a Santiago en la épica batalla.

¿Qué somos nosotros verdaderamente?  Anoche, en la gala, alguien tomaba las palabras de Martí cuando afirmó:  el dulcísimo misterio que tiene esa palabra: cubanos. Y cuando se desplomó en la confluencia del Cauto y del Contramaestre, Martí, el Apóstol, a los 42 años de la vida, tenía la certeza, y así lo dijo, de que su pensamiento volvería y resucitaría.  Él soñó con algo que era entonces casi imposible: la unidad hermética de la nación.  Él vio con nitidez que únicamente la generosidad, la rapidez y la fortaleza nos darían la victoria frente a un ejército poderoso, temible, batallador, que creía luchar por sus razones.  No lo pudo ver logrado.

Hay que afirmar categóricamente que tenemos la unidad nacional, esa unidad absoluta del pueblo que se llama hoy en Santiago, santiagueros, pero que es fundamentalmente, como lo dice su nombre completo: Santiago de Cuba (Aplausos). Hoy somos cubanos y es la unidad nacional que Fidel alcanzó lo más precioso.

A él le han entregado hoy un reconocimiento, entre tantos que merece y merecerá. La historia le recordará hidalgo en todo tiempo, audaz y valeroso, no conminando nunca a nadie a hacer lo que él no pueda hacer, defensor teórico brillante de sus ideas, estudiante aplicado, noble y elegante caballero como lo fue Maceo, que no fumaba ni bebía.  A él le recordará profundamente.

Y aquí, no muy lejos, en la casa patricia de Birán, las paredes de madera de aquella casa sienten todavía la voz del padre español, la voz del padre que fue soldado en la guerra de Cuba, que sirvió a España por deber y a Cuba por amor, y regresó a ella para fundar una estirpe de valientes (Aplausos).

Y a Raúl, su primer discípulo, el que tenía siempre, a pesar de serlo, opiniones y convicciones propias, que siendo un adolescente aparece en el entierro de la Constitución llevando la bandera, aquel que aparece en Puerto de Boniato retratado con la ropita obtenida para tratar de escapar hacia la tierra holguinera, deseo que fue interrumpido por el descubrimiento de su verdadera personalidad, el hijo de don Ángel, él ha recibido la ceiba con el rostro de Mariana.

¿Qué quiere decir este otro símbolo?  ¡¿Qué quiere decir este otro símbolo?!  Que hoy descansan en sus manos, porque estuvo en todo desde el primer día, porque fundó en el Segundo Frente la primera utopía de lo que debía ser y fue más tarde la nación. Él, al que Fidel ordena que entre en el Moncada; él, el que el día del asalto cumplió sus deberes admirablemente y cuando otros vacilan asume la determinación y logra su objetivo; él, que viendo perdido el asalto sale de Santiago buscando el amparo de la noche, él recibe el árbol de la ceiba de raíces profundas. Y es que en sus manos hoy descansa no solamente el título de Jefe de Estado y de Gobierno, tiene en sus manos el destino de nuestro país (Aplausos).  Discípulo amado de Fidel que lo inició en sus primeras lecturas, el padre se dolió cuando supo que el mayor, o mejor, el que más había trascendido de ellos, venía a buscarle para llevarle consigo.  Lo reunió con los compañeros que creyeron en él, con Pedro Miret, con Abel y con todos aquellos que junto a aquellas heroicas muchachas, Haydée y Melba, asistieron también al duelo mortal del Moncada.

Las riendas del Estado, el destino de Cuba, ¿cómo ha sido nuestra batalla? Si dije que la fundación de Santiago y el viaje de Colón cambiaron el equilibrio del mundo, la batalla librada en Santiago en vísperas de la conmemoración de la independencia de los Estados Unidos el 3 de julio de 1898, lo varió definitivamente (Aplausos).  Hundida la escuadra que Santiago vio partir con ropa de duelo y con uniformes de parada para un combate imposible de librar, la última de las naves que logra escapar lleva el nombre de Cristóbal Colón y está allá hundida en las aguas profundas, descendiendo hacia el abismo, pero aún visible con todos sus atributos.

Hijos somos también de aquellos en los cuales nos abrazamos en duelo; hijos somos de la legión de los esclavos de África que, levantados en El Cobre, fueron capaces, en la hora del momento determinante, de hacer surgir de aquella pequeña aldea que visité ayer cuando fui a hacer reverencia a El Cobre y a la Patrona de Cuba, allí vi las casas renovadas y pensé cómo fue posible que en la Gran Guerra surgieran de este pequeño pueblo ocho generales, que con 25 de Santiago formaron 33 generales y mayores generales del Ejército Libertador (Aplausos), al frente y a la cabeza de ellos Antonio y José; José Cebreco, hombre valiente que desembarcó en la costa baracoana, en El Honor, con Flor Crombet. Últimas palabras de Maceo después de la disputa con su hermano, amigo y compañero: Ese es Flor que se bate, ese en el monte, el winchester que dispara incesantemente hasta que se agotan los proyectiles. Son los descendientes extraviados de los indios de Yateras los que llevan su cuerpo a Felicidad.

Tal es la historia de esa gloria.  ¿Cómo puede contarse sin la gente guapa de Guantánamo a la cual encuentra Antonio, y José, extraviado en el monte, cuando finalmente aparece Periquito Pérez para reunirlos y salvarlos? Y cómo aparece ya, semanas después, invencible en bello corcel, llevando plata en el cuello y en la montura —como le describe José Martí.

¿Cómo contar esta historia sin el pequeño pueblo de El Dátil, donde vivieron derrotados y humillados los que, extraviados en su propia patria, se radicalizaron en Cuba y se convirtieron en libertadores, entre ellos el maestro de libertadores, el generalísimo Máximo Gómez  Báez?  ¿Cómo es posible olvidar cada uno de estos puntos de nuestra geografía?  ¿Cómo es posible imaginar el sitio final de Santiago sin Calixto, el hijo ilustre de Holguín? ¿Cómo olvidar que somos una patria grande?  ¡No es posible!

A Santiago, en este homenaje, en este día de júbilo y de historia, se le recuerda por sus músicos, se le recuerda por sus artistas; se le recuerda por los cantos corales de Esteban Salas o de Electo Silva; se le recuerda por la obra admirable de sus artistas y poetas, como aquel que quizás, dice Martí, sembró en nosotros el sentimiento patrio, el grande José María Heredia, cuyo nombre lleva este lugar.

Y cómo al llegar a las puertas del teatro no ver el retrato de Almeida, que allá en el Tercer Frente fue sepultado junto a los suyos, y que antes de llegar a su destino quiso y tuvo voluntad en vida de ser llevado por las calles de Santiago a las que cantó entre sus mejores cantores (Aplausos).

Pero el Comandante de la Revolución nació en La Habana Vieja, en el solar de La Maestranza.  Allí me llevó un día y me dijo: “Esta fue mi cuna, porque la patria no es solo donde se nace, sino donde se lucha.”  Fue por eso que su visión le llevó a unirse y a ser de los primeros, y cuando partieron de la Sierra con las encomiendas dadas por Fidel, Raúl con 81 hombres que se representan ahora en la loma de Mícara, guiados por una palma, todo un palmar en fila que recorre un lugar solemne y extraordinario, llegaron a aquel Segundo Frente, que era más grande que muchas naciones y reinos de Europa, y allí en pocos meses se sembró la semilla de lo que sería su sueño más importante, y cuando entrando casi solo en el Moncada le dijo a aquel oficial:  “Descuelgue de la pared el retrato del tirano” y vio una vacilación y se lo repitió con energía, aquel tomó el retrato, vacilante, trémulo, y él tirándolo al suelo lo pisoteó marcando el fin de una época que ya Fidel había anunciado y profetizado, y que luego desde el balcón del Ayuntamiento de Santiago proclamó, y hasta hoy.

¿Qué hay que decir entonces?  ¿Qué se puede decir?  Esta es la única Revolución, que yo recuerde, de las revoluciones verdaderas. Hay revolicos, pero revoluciones no. Las revoluciones son pocas, marcan la historia, la nuestra también marcó la historia (Aplausos).
Es el joven valeroso y elegante que en la Escalinata de la Universidad de La Habana, ante un alto oficial, discute sus ideas; es el protagonista del acto magistral de unir a aquel puñado y desde México, tierra amada por nosotros, como decía anoche el Comandante Almeida en sus inolvidables palabras, dedicando una última canción a una bella mexicana, viene a Cuba y abriéndose paso por el más inhóspito de todos los caminos van a encontrarse finalmente en un sitio que paradójicamente lleva el nombre de la Alegría, cuando en realidad fue el día de mayor tristeza, y luego vendrán los momentos sublimes y extraordinarios, luego vendrá el encuentro en Cinco Palmas y allí se verán de nuevo los dos hermanos de la sangre y de las ideas, allí se abrazan y allí comienza una epopeya inolvidable y para siempre memorable.

En su diario de campaña, luego del asalto a La Plata y al ver, saliendo del escenario de la lucha, los cuarteles ardiendo, Raúl escribirá:  “Desde lejos se veían arder sobre los cuarteles de la opresión las llamas de la libertad.  Algún día no muy lejano, sobre sus cenizas, levantaremos escuelas.” Y recuerdo todavía al mismo autor del diario, sosteniendo en sus brazos a una niña, hija de un hermano del alma caído en la lucha, José Luis Tassende, y decirle:  “Temita, esta es la obra por la que luchó tu padre” (Aplausos).

Ustedes recibirán, además, o comprarán o adquirirán, o lucharán por hacerlo, el libro Raúl Castro, un hombre en Revolución. Este libro es un libro revelador, porque él, a quien no le es grato este tipo de cuestiones, aceptó el testimonio excepcional de un amigo al que conoció muchos años atrás a bordo de la nave Andrea Gritti, que salía de Génova con destino a América, y a ese amigo, entonces un joven estudiante soviético, le llamó la atención, a aquel joven discreto y aleccionado en el hermetismo, que alguien había dejado sobre una mesita, mientras se divertían en la cubierta del barco, la obra del pedagogo ruso Antón Makarenko. Algo le llamó la atención y le inspiró confianza con relación a ellos y estableció una amistad.

Nikolai Serguéivich Leonov llegó a ser con el tiempo un general de la Unión Soviética y llegó a tener en sus manos las claves del conocimiento de acontecimientos políticos mundiales.
En ese barco, después de recorrer varios destinos, Raúl llegó a La Habana luego de celebrar su cumpleaños el día 3 de junio a bordo del Andrea Gritti.

Meses atrás, el 24 de febrero del año 1953, había partido hacia Austria al encuentro juvenil que allí se celebraba.  Más tarde iría a Bucarest, al Comité Organizador del Festival Mundial, en el cual, afortunadamente, no participó; volvió a Cuba para participar en la más importante acción de su vida:  el asalto al cuartel Moncada.

En este libro aparecen los diversos rostros del hombre a que me refiero.  Leonov, anciano, volvió hace dos años a Santiago y aquí conversamos ampliamente. En el libro están los testimoniantes que le dieron o le sirvieron de testigos de la historia, para escribir un libro, Raúl Castro, un hombre en Revolución (Aplausos).

Ese libro nos revela muchas cosas, pero hay dos que son de suma importancia, o tres, diría yo: la primera, es Raúl siempre fiel y atravesado en el camino por y para Fidel, en quien reconoce al hermano y al líder (Aplausos).

En la Sierra Maestra, al llegar ellos allí, se encontraron con que algunos hombres estaban alzados por diversas razones:  algunos fueron útiles a la Revolución, y lo fueron y prestaron importantes servicios; otros, desgraciadamente, escogieron el camino equivocado.  En esas dobles aguas, después de La Plata, era obligatorio entregar las armas y el parque a Fidel, que era el que determinaba la distribución, y como él es fiel y detallado en las distribuciones, cosa que me consta, hasta un dedo de leche debía ser consultado, porque en los tiempos de tribulación se requiere un liderazgo, ¡y pobres de los que crean que los hombres o las mujeres no son determinantes en la historia!; el pueblo hace la historia, pero el pueblo es una suma de individualidades y siempre —no sé por qué— en los momentos trascendentales surge uno que se pone a la cabeza y esos son los que guían las vanguardias sociales y políticas, y las armas las tenía que distribuir él. Pero hubo alguien que se quiso quedar con la suya, no era uno de los compañeros que habían llegado en el Granma, no era uno de los hombres del Moncada, era uno de aquellos que se habían incorporado. Aquel deseo de apropiación pasó a convertirse en amenazante. Raúl se colocó en el medio y le dijo: “¡Me tienes que matar a mí, pero no a Fidel!” (Aplausos).

Otro momento importante. Si hubiéramos triunfado, o aquella generación triunfa en 1953, la Revolución habría terminado en un baño de sangre, porque no teníamos armas con qué defendernos, ni aun las del ejército habrían sido suficientes para enfrentar a un adversario tan poderoso, y entonces contamos con el apoyo de la Unión Soviética, que armó al país y lo preparó, y en su antedespacho están los retratos —único lugar en el mundo en que se conservan— de aquellos asesores que vinieron y extendieron su mano solidaria y algunos fueron sinceramente amigos, diría, todos.

No siempre podíamos coincidir —asumo el “podemos”, porque estoy como un narrador que está al margen de la historia—, no siempre todos tenían la razón, nuestras características y cualidades son siempre diferentes.  Ya en la Guerra Grande Máximo Gómez era diferente por completo a otro general, sus técnicas eran otras.  Cuando enfrenta a la columna española que amenaza a Bayamo, se tira del caballo y combate a pie. Esas eran las características de la guerra de Cuba, incomprensibles.  Ellos a veces no entendían que la formación y el núcleo de nuestro ejército era un ejército guerrillero, un ejército que con la ausencia de uno solo de los tres Comandantes de la Revolución, está representado hoy aquí, en las figuras que ustedes han ovacionado, el primero en entrar, el primer campesino que creyó en la causa de Cuba, de la Revolución y de Fidel, Guillermo García (Aplausos).  Y el segundo, el Comandante de la Revolución, Ramiro Valdés (Aplausos), tan joven entonces, era para ellos Ramirito, y fue el compañero del Che, atravesando toda la isla de Cuba, y fue, además, el gran compañero de todos en la lucha.

Pero, además, en la sala, de paisano o vistiendo sus uniformes militares, están otros héroes de la isla de Cuba, otros héroes de la República de Cuba, que lo ganaron luchando, dirigiendo frentes o columnas y que llevan modestamente la Estrella de Héroes, ¡la estrella verdadera la tienen en la frente! (Aplausos.)

Pero a principio de los años ochenta el mundo estaba cambiando y comenzaba a debilitarse el poder de la Unión Soviética y comenzaban otras ideas y algunos, incluso, detestaban la idea de Cuba.  Leerán el libro, lo leerán y comprenderán quiénes fueron.

Y en el año 1980 Raúl estaba en Moscú y asistió a una reunión que él narra.  En esa reunión el traductor era soviético y la presidía el Primer Secretario del Comité Central, el hombre que tenía en sus manos el Partido y el poder de la Unión Soviética, Andrópov. Y Raúl narra a un periodista estas palabras:  La respuesta del máximo dirigente soviético fue tajante. Nosotros necesitamos —Cuba— apoyo público, algún gesto fuerte.

Ya Cuba había demostrado en la Crisis de los Misiles y en la batalla previa que éramos capaces nosotros de luchar.  Céspedes lo dijo siempre: “Ni un millón de hombres sobre las armas nos darían la victoria si no vamos a occidente.” Y cuando un timorato en su finca le preguntó: “¿Con qué armas...?”, respondió: “Las armas las tienen ellos.” Y esa fue una regularidad de nuestra historia; pero ahora la cosa era distinta, el compromiso era más grave y la agresión inminente, y entonces la parte soviética nos hizo saber que no estaba en disposición de plantearle a Estados Unidos ningún tipo de advertencia con relación a Cuba, ni siquiera recordar a Washington el compromiso de Kennedy de octubre de 1962, el cual siempre era puesto en duda por cada nueva administración norteamericana. Eso le dijo, Andrópov, diciéndole, además, que en caso de agresión, ellos no sacarían la cara, tendríamos que luchar nosotros.

Lo supieron Fidel y Raúl, el Buró Político aceptó que ellos dos, como dirigentes máximos de la Revolución, guardaran el secreto. No porque el pueblo cubano fuera a desalentarse, sino porque el país debía variar su doctrina militar y prepararse para una emboscada en cada esquina, una celada detrás de cada árbol, un francotirador sobre cada muro y esta sería la guerra de todo el pueblo, la nueva concepción militar de los cubanos, ya finalmente solos, ¡absolutamente solos!

Y con ese concepto de soledad, y él lo cita aquí, cuando se celebró el Congreso de nuestro Partido en Santiago, pude expresar, un poco atrevidamente: “Por primera vez somos libres de España, de los Estados Unidos y de la Unión Soviética.”  Ahora me refería a esa Unión Soviética que comenzaba a tambalearse; no a la de los amigos como Leonov, sino a la de aquellos que se apartaban por un camino que llegó finalmente a la extinción del socialismo en aquella nación.  Esa fue la realidad.  ¿Qué enfrentó el pueblo cubano poco después? El más duro período especial, la más dura prueba a la que fue sometido.

Pero, hermanos y hermanas, gran compensación hemos tenido. ¡Gran compensación hemos tenido! Si sobre las ruinas de Caracas destruida por el terremoto, Bolívar sobre ella dijo que si la naturaleza se enfrenta a nosotros, la dominaremos, Santiago lo ha demostrado ahora (Aplausos). Pero, ¿qué habría sido de Cuba sin sus Fuerzas Armadas, sin su ejército?  ¿Quiénes fueron los primeros que en la luz de la noche atravesaron nuevamente el río histórico y entraron hacia el oriente y hacia Santiago herida? ¿Quiénes? Las Fuerzas Armadas, ellas son el sostén firme y el baluarte, esa fue la creación de Fidel, Comandante en Jefe, y la creación de Raúl, como General de Ejército y como Ministro de las Fuerzas Armadas a lo largo de muchos años. Gracias a eso tenemos patria, y gracias a eso, hace pocos días, vimos el espectáculo compensador que nunca antes pudimos imaginar:  delante de todos los presidentes del continente, por la expresa voluntad de todos ellos, manifestada antes en Cartagena, Cuba estaba presente.  No se puede variar la historia.  No fuimos allí por un acto de clemencia de nadie, sino por una exigencia de los pueblos que a través de sus líderes expresaron que no podía existir otra conferencia con la excepción de Cuba.

Y entonces, como en silencio ha tenido que ser, la política exterior del país, firmemente guiada en estas ideas, negoció durante mucho tiempo y discutió con hidalguía, llegando a un punto cero en ese histórico debate de ideas para, finalmente allí, delante de todos los presidentes, Raúl recitar, como un aedo, la historia de este pueblo, la historia de sus luchas, la historia del porqué la razón de un patriotismo nacional, internacionalista y antiimperialista, y finalmente la mano entre iguales, y finalmente, hace pocas horas, la gloriosa bandera de Cuba subía en su mástil en Washington (Aplausos). Se ha reconocido la existencia de la Revolución y del Estado, negado y proscrito, y, en Derecho, solamente pueden pactar o discutir términos, partes iguales. Y, entonces, a título de igualdad comienza ahora un nuevo camino que, como él mismo ha dicho, será largo, para normalizar, ¡para normalizar! lo que hasta ahora ha estado roto.

Se rompió el día en que Calixto no pudo entrar en Santiago al frente del Ejército Libertador, con incontables pretextos. Se rompió el día en que impusieron a la república naciente el yugo de la enmienda; el día en que, sin consultar al Presidente o al Congreso, tenía que poder la república ser intervenida, tenían que ser las mujeres de Santiago —como las de otros lugares de Cuba, pero particularmente estas—, vestidas de negro, las que enfrentadas aquí al embajador norteamericano le exigieron justicia para sus hijos muertos.

Es por eso que tranquilos hoy podemos estar celebrando el aniversario 500 de Santiago. Por eso podemos estar juntos bajo el techo que ampara el nombre glorioso del poeta de la bandera, de José María Heredia. Por eso podemos reunirnos y abrazarnos hermanos y llamarnos cubanos, y dondequiera que estemos los cubanos, miraremos siempre desde el occidente donde se pone hacia el oriente donde nace, como está en el antiguo Escudo provincial, entre picos y montañas altas, la estrella luminosa de Cuba.

¡El libro ha sido presentado y Santiago honrado!

Muchas gracias (Aplausos).


Atilio Boron.-